Los nuevos cimientos del cine actual

La decepción casi completamente generalizada volvió a ser la tónica de la respuesta obtenida en la Seminci por el cine español. Ya van tres títulos, tres, incapaces de ofrecer nada realmente nuevo: primero fue la fallida y torpe Sólo mía, luego la bienintencionada, pero plana y roma Los pasos perdidos y ayer la ilustrativa, viejísima adaptación de qualité que supone Dama de Porto Pim.

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Se esperaba con ganas, sin embargo, el nuevo trabajo de un director que no se prodiga y del que todavía se recuerdan las impactantes y sensibles imágenes de Mater amatísima (1980). Toni Salgot sólo había vuelto a ponerse detrás de las cámaras, desde entonces, para rodar un fallido policíaco (Estación central, 1989) y ha regresado ahora para traducir al cine la novela homónima escrita por el portugués Antonio Tabucchi.

Sin embargo, el modelo de adaptación propuesto por la película no puede ser más estéril: atada de pies y manos por un guión esquemático (incapaz de dar consistencia dramática a los personajes), rehén de una puesta en escena académica y encorsetada (desprovista de vuelo autónomo, de respiración visual, de estilo) y sometida al juego de unos actores que hacen lo que pueden, y ya es bastante, con la osamenta retórica de unos diálogos imposibles y de unos personajes sin definir en lo esencial.

Cine viejo, más propio de uno modelo ya superado por el cine español (las ilustraciones literarias de los años ochenta), Dama de Porto Pim tenía poco que hacer ayer frente al vendaval de inventiva, frente al torrente de imágenes que Jean-Luc Godard propone con su rompedora Elogio del amor: una obra de otro planeta si hemos de compararla (y el festival lo hace al colocar la película en competición) con el resto del cine visto hasta ahora en esta Seminci tan despistada a la hora de elegir el cine español.

El ya veterano director que hace cuarenta dos años abría las puertas de la modernidad con A bout de souffle vuelve a mostrarse más joven que nadie y regresa para preguntarse, en voz alta, sobre la dificultad de seguir contando historias en el momento presente. ¿Se puede filmar la memoria del tiempo? ¿Se puede recuperar hoy en día, en medio de la endogámica posmodernidad, un sentido moral para el arte de contar historias? ¿Se puede contar el presentar sin confrontarnos con la Historia?

Estas y otras muchas cuestiones parecidas se plantean en el interior de este deslumbrante filme-ensayo (al ritmo de una idea por plano y de un hallazgo por secuencia), que intenta filmar los hechos que el tiempo destruye y, a la vez, capturar un tiempo -ya pretérito- que será inevitablemente juzgado por esos hechos. Preguntas y perplejidades que se acumulan, de forma interrogativa, dentro de una bellísima película que tiene a Bresson y a Vigo como referencias esenciales, y que viene a revalidar la inagotable capacidad revulsiva y vanguardista del más imprescindible de todos los cineastas.

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